Sin ninguna esperanza
me detengo frente a una vitrina
en el centro, lunes,
mientras el crepúsculo se desata sobre el barrio.
Sin ninguna esperanza
te espero.
En la multitud que va y viene
y entra y sale de los bares y los cines
surge tu rostro y desaparece
en un destello
y el corazón dispara.
Te veo en el restaurante,
en la fila del cine; de azul
diriges un automóvil; a pie
cruzas la calle
espejismo
que finalmente se desintegra con la tarde sobre los edificios
y se desvanece en las nubes.
La ciudad es grande
tiene veinte millones de habitantes y tú eres uno solo.
En algún lugar estás a esta hora, inmóvil o caminando,
tal vez en la otra cuadra tal vez en la playa
tal vez converses en un bar distante
o en el balcón de ese edificio de enfrente
tal vez estés viniendo a mi encuentro, sin que lo sepas,
mezclada a las personas que veo a lo largo de la avenida.
¡Pero qué esperanza! Tengo
una oportunidad entre veinte millones.
Ah, si al menos fueses mil
diseminado por la ciudad.
La noche se alza comercial
en las constelaciones de la avenida
Sin ninguna esperanza
prosigo
y mi corazón va repitiendo tu nombre
ahogado por el estruendo de los motores
llevado por el humo de la gasolina quemada.
Ferreira Guillar
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