Cansado. Estoy muy cansado. Llevo demasiados besos de piedra colgando de mis piernas; antiguos, inmortales, secos, duros y pesados.
Igual que tu recuerdo.
Por eso, a medida que escribo estas palabras, tu nombre me aplasta la mano sin piedad…
No me lees, ¿verdad? No me lees, pero sabes que aquí estoy, que esta carta existe; igual que, a pesar de que no hayas leído ni uno sólo de los poemas que te he escrito durante todos estos años, tantas veces has oído palpitar en tus oídos todos esos versos sordos y lejanos.
Estoy cansado, muy cansado; cansado de tantos lamentos, de que el camino hacia la Luna se me haga cuesta abajo cada noche.
A veces nos encontramos por la calle, muy de cuando en cuando… Y me gustaría decirte que, por más que me intentes finiquitar con una mirada esquiva cada vez que paso por tu lado; por más que intentes bajar los párpados y hacer que no me ves, yo a veces reúno el valor y te miro fijamente…
Es entonces cuando noto tus pestañas llenas de infierno, por más que disimules; es entonces cuando noto cómo tu mente se carga de energía nuclear, al parpadear en tus neuronas de forma clara y nítida todos esos fotogramas oxidados de aquellos viejos días que compartimos el uno junto al otro.
Y es en esos momentos cuando de verdad nos escribimos, subrayando nuestros labios con tinturas de fuego; es en esos momentos cuando sé que nos leemos, husmeándonos la piel con ojos entornados.
Es el deseo de tocarnos; es el deseo de abrazarnos…
… Y también es el momento de los reproches silenciosos; de que al aire le crezcan los colmillos y nos muerda los pulmones; de que aceleremos el paso, no sea que te haga mil preguntas de las que no quiero oír una respuesta; de que me encoja un poco más sobre mí mismo, no sea que me toques y, al marcharte, resulte que hayas vuelto…
Pero, ¿sabes qué es lo peor?
Lo peor es que los años pasan, y que no pasa nada es lo único que pasa…
Yo pensé que te darías cuenta de tu error y volverías a buscarme; que algún día emergerías de nuevo de entre todas las canciones, de entre todos los versos y las lágrimas, fresca y sonrosada, sonriendo brillante para mí.
Y nos besaríamos entonces. Y recuperaríamos el tiempo. Y nos comeríamos las viejas tormentas como postre. Y las noches que sudan enfermas y agotadas desde hace tantos años sanarían. Y se curaría también el Sol, que desprende amaneceres heridos y con la espalda rota, de tanto cargar con el peso tu rostro…
Pero no; en lugar de todo esto, has aprendido a estar sin mí, y ser medio feliz; algo que pensaste que nunca pasaría. Y yo, sin ti, he aprendido a estar sólo medio triste… Algo que pensé que jamás sucedería.
Y por más que me duela, es posible que al final nos olvidemos, como dicen que se olvida el pellizco de la luna en los años de la adolescencia más romántica…
Irán apareciendo los hijos, los trabajos rutinarios, los problemas de la vida que todo el mundo tiene…
Y las pasiones se irán adormeciendo, convirtiéndose en un sonido aún efervescente pero tranquilo, como la espuma de una marea vieja. El tiempo irá metiéndose nuestras caras cada vez más hondo en el bolsillo, hasta que el polvo haga imposible recordarlas…
… O puede que jamás nos olvidemos; puede que sigamos por caminos separados, pero busquemos de vez en cuando las huellas del otro… Puede que incluso las encontremos.
Pero aún si pasa todo eso, yo ya he asumido, que todo seguirá como hasta ahora…
A lo más, encontraré a alguien en mi senda, con quien al fin pueda encajar… aunque antes, como tú bien sabes, debo limar muchos cantos afilados en mi piel; porque han causado demasiadas heridas a quienes os atrevisteis a tocarme…
A lo más, con esa persona, seguro que no te habré olvidado; pero al menos, dejaré de recordarte…
Y a lo más, dentro de muchos, muchos, años, te sentiré venir a reponer en secreto las flores de mi tumba, apenada porque jamás quise volver a hablarte…
Pero saldrás del cementerio y volverás en pocos minutos a tu vida; y yo espero para entonces estar tan en paz conmigo mismo que, cuando te mires cada mañana en el espejo, y mi alma cruce para verte la marisma de plata que cuaja en los destellos del cristal, pueda al menos observarte mansamente al otro lado, y desear que, por lo menos, el hombre que elegiste te haya hecho feliz.
Eros Ignem (2015)