Con los primeros sorbos de café con leche, reclinado en el repostero de mi cocina, aún con la cabeza virando y atiborrada de jeroglíficos multicolores, con los ojos semi cerrados, fui distinguiendo la emoción que me suscitaste toda la noche. ¿O fueron varias emociones?. Prosigo. Al escribir, lo descubriré.
A ver. Ternura. Sí, porque te mencioné cargosamente quince veces que me gustaba tu pelo. Castaño e irreprochablemente largo. Tenía que acariciarlo para darme una idea de lo suave que tendrías el alma de siempre, a pesar que la tengas a ella tan escondidita detrás de tus palabras difíciles. Esos raptos de silencio, esas miradas a la nada, esos ensimismamientos en voz alta, esos dictámenes tan bruscos contigo mismo, esos códigos indescifrables, fueron sin duda para mí, como unas flechitas coloradas e intermitentes que me indicaban, “ingrese con cuidado”. No. No y no. No hay precipicios peligrosos, por Dios. No tienes calles ni planos cuadriculados, eres más bien una selva frondosísima en la que sólo algunas avionetas de carga ligera pueden aterrizar.
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Sí, todo eso me resulta imperiosamente tierno. Y la ternura tiene un componente de eternidad. Es infinita. Es incompatible con lo material y con las consumaciones de nuestros cuerpos abreviados. Es como un desbordamiento gaseoso que se tiene y luego se escapa, pero que al pasar ya dejó todas las contundencias de su efecto. La Ternura se enciende con las manos inocentes, pero se convierte en incienso rebelde y viaja al espacio de donde proviene.
Después de más de cuarentaiocho horas, tres duchas y dos viajes alrededor de la Tierra, como un perfume azul, tu ternura me sigue descomponiendo los dos gramos de razón que siempre alardeo tener.
http://vichoescribe.blogspot.com/2010/02/carajo-tu-ternura-raul.html
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